Una investigación siguió durante años los movimientos financieros de miles de mujeres que denunciaron abuso económico. Encontró ahorros que se agotan, deudas que crecen y gastos cotidianos que cambian. También plantea una pregunta difícil: ¿cómo pueden ayudar los bancos sin convertir esos datos en una herramienta de vigilancia?
Por Claudio Pairoba
Una contraseña cambiada. Una tarjeta denunciada como perdida. Un débito automático que no pudo pagarse. Por separado, son hechos habituales en la vida de cualquier persona. Pero, observados a lo largo del tiempo, pueden contar una historia más compleja.
Un estudio publicado en Nature examinó los registros de un gran banco británico para conocer mejor las consecuencias del abuso financiero: una forma de violencia en la que alguien controla el dinero de otra persona, limita su acceso a él, contrae deudas a su nombre o sabotea su independencia económica.
El problema empezó a reconocerse hace décadas como una de las formas de ejercer poder y control dentro de una relación. Sin embargo, su investigación específica tomó impulso mucho más recientemente: en 2008, un equipo encabezado por Adrienne Adams publicó una de las primeras escalas para medir el abuso económico en parejas. Desde entonces, investigadores como Judy Postmus y Nicola Sharp-Jeffs ayudaron a documentar sus distintas formas y consecuencias. Mientras que el abuso financiero se concentra en el control del dinero, las cuentas y las deudas, el abuso económico incluye, además, obstáculos para trabajar o acceder a vivienda, transporte y otros recursos.


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