Investigaciones de las últimas dos
décadas sugieren fuertemente que la epigenética convierte la experiencia en
biología. El desarrollo cerebral no es solo un programa genético, sino una
conversación continua entre genes y entorno, donde la infancia define gran
parte del guion. Pero no necesariamente el final.
Por Claudio Pairoba
Una de las visiones más
interesantes de la epigenética es aquella que la ubica como un puente entre lo heredado, fijo, inmutable (la
genética) y lo vivido, cambiante y dinámico (el ambiente). Esta visión hace que
lo determinado por los genes no esté escrito en piedra sino que sea algo que
puede cambiarse a lo largo de nuestra vida.
Sabemos que los genes están formados por secuencias de ADN, por lo que también podemos decir que la
epigenética es el proceso biológico a través del cual se producen cambios en la expresión génica sin
alterar estas secuencias.
Este proceso tiene una regulación dinámica que responde a señales internas
(hormonas y neurotransmisores, metabolismo celular y envejecimiento) y externas
(nutrición, estrés y factores psicológicos, factores tóxicos y contaminantes, y
actividad física).
El ambiente aparece,
entonces, como un modulador biológico. Como ya mencionamos, factores tan
diversos como estrés psicológico, nutrición, toxinas, relaciones sociales y estilo
de vida influyen en cómo nuestros genes se expresan. Tenemos más control del
que suponíamos.
Una interesante revisión de 180
trabajos publicada en 2026 por Catherine Jensen Peña (Profesora Asistente de Neurociencia en el Instituto de Neurociencia de Princeton, donde dirige su propio laboratorio de investigación) permite conocer el estado
de situación de este tema. Veamos algunos puntos destacados de su publicación.