Una investigación siguió durante años los movimientos financieros de miles de mujeres que denunciaron abuso económico. Encontró ahorros que se agotan, deudas que crecen y gastos cotidianos que cambian. También plantea una pregunta difícil: ¿cómo pueden ayudar los bancos sin convertir esos datos en una herramienta de vigilancia?
Por Claudio Pairoba
Una contraseña cambiada. Una tarjeta denunciada como perdida. Un débito automático que no pudo pagarse. Por separado, son hechos habituales en la vida de cualquier persona. Pero, observados a lo largo del tiempo, pueden contar una historia más compleja.
Un estudio publicado en Nature examinó los registros de un gran banco británico para conocer mejor las consecuencias del abuso financiero: una forma de violencia en la que alguien controla el dinero de otra persona, limita su acceso a él, contrae deudas a su nombre o sabotea su independencia económica.
El problema empezó a reconocerse hace décadas como una de las formas de ejercer poder y control dentro de una relación. Sin embargo, su investigación específica tomó impulso mucho más recientemente: en 2008, un equipo encabezado por Adrienne Adams publicó una de las primeras escalas para medir el abuso económico en parejas. Desde entonces, investigadores como Judy Postmus y Nicola Sharp-Jeffs ayudaron a documentar sus distintas formas y consecuencias. Mientras que el abuso financiero se concentra en el control del dinero, las cuentas y las deudas, el abuso económico incluye, además, obstáculos para trabajar o acceder a vivienda, transporte y otros recursos.
En la Argentina, la Ley 26.485 reconoce la violencia económica y patrimonial. Una encuesta realizada en nuestro país en 2021, en 25 aglomerados urbanos de 12 provincias encontró que el 23 % de las mujeres consultadas que estaban o habían estado en pareja había vivido situaciones de violencia económica o patrimonial. La cifra confirma que el problema también tiene expresión local, aunque no es directamente comparable con el estudio británico: surge de lo que las mujeres relataron en una encuesta, mientras que el trabajo publicado en Nature siguió durante años sus registros bancarios.
Allí reside lo novedoso del estudio publicado en Nature: observa cómo parte de ese daño aparece, con el paso del tiempo, en los registros bancarios.
El equipo analizó la actividad bancaria de 5.428 mujeres que habían comunicado al banco una situación de abuso y la comparó con la de 15.602 personas de características similares que no habían hecho esa revelación. Revisó 373 indicadores durante un período de hasta siete años anteriores a la comunicación.
¿Qué encontraron? Una pérdida progresiva de estabilidad económica. En comparación con el grupo control, las mujeres que habían denunciado abuso mostraban menos ahorros, más deudas, más pagos incumplidos y peores puntajes crediticios. Pero la historia no se limitaba a los balances.
Cuando el dinero deja de alcanzar para quien lo gana
En sus registros también aparecían menos gastos en atención odontológica, óptica, deporte y ropa. Al mismo tiempo, eran más frecuentes ciertos gastos de transporte y asesoramiento legal, los retiros de efectivo, los cambios de domicilio y las gestiones para recuperar el acceso a cuentas o tarjetas.
No hay una única explicación para cada movimiento. Retirar efectivo, por ejemplo, podría responder a una imposición de quien ejerce el abuso o ser una manera de conservar cierto margen de autonomía cuando los gastos están vigilados. Un viaje en taxi tampoco revela, por sí solo, por qué alguien eligió ese medio de transporte.
Allí está una de las claves de la investigación: los datos bancarios muestran patrones, pero no conocen las razones íntimas de cada decisión. Lo que sí permiten observar es cómo se acumulan las dificultades. Perder ahorros o dejar de pagar una factura puede afectar el acceso futuro al crédito y complicar la posibilidad de empezar de nuevo.
En el año previo a que comunicaran su situación al banco, el 63 % de las mujeres del grupo había tenido al menos un débito automático impago, frente al 17 % de una muestra general de clientes de la entidad. Sus ahorros promedio eran de 3.088 libras, frente a 14.215 libras en esa muestra general. Son cifras del Reino Unido y describen a grupos concretos, por lo que no deben trasladarse sin más a la Argentina.
Una señal no es una prueba
El trabajo aporta algo poco habitual al estudio del abuso financiero: registros continuos de lo que ocurre durante años, en lugar de una fotografía tomada en un solo momento. Algunas diferencias entre los grupos ya eran visibles al comienzo del período estudiado; otras aparecían más cerca de la fecha en que las mujeres hablaron con el banco.
Eso no significa que se haya identificado cuándo comenzó el abuso. Los investigadores no contaban con esa información. Tampoco pueden demostrar que el abuso causó cada cambio observado. Además, el grupo de comparación podría incluir personas que atravesaban situaciones semejantes y nunca las comunicaron.
La muestra tiene otro límite: reúne a mujeres que tenían cuenta en ese banco y llegaron a revelar lo que les ocurría. Sus experiencias pueden diferir de las de quienes no utilizan servicios bancarios, comparten cuentas o no encuentran condiciones seguras para pedir ayuda.
Entonces, ¿para qué sirven estos hallazgos? Para entender mejor un daño que muchas veces queda oculto y para pensar formas de apoyo financiero más eficaces. Una deuda contraída bajo coerción, un historial crediticio deteriorado o la falta de acceso seguro a una cuenta pueden seguir pesando incluso después de salir de una relación abusiva.
El desafío para los bancos será actuar con cuidado. Un movimiento de dinero no debería convertirse en un diagnóstico automático sobre la vida de una persona. Pero escuchar cuando alguien pide ayuda, proteger el acceso a sus cuentas y comprender las barreras financieras que enfrenta sí puede marcar una diferencia.
Recuperar la libertad también implica recuperar la independencia financiera y un historial de crédito lo suficientemente ordenado como para empezar de nuevo.
Soy bioquímico, farmacéutico y doctor por la Universidad Nacional de Rosario. Máster en Análisis de Medios de Comunicación y Especialista en Comunicación Ambiental. Miembro de la Escuela de Comunicación Estratégica de Rosario y la Red Argentina de Periodismo Científico. Acreditado con la American Association for the Advancement of Science (Science) y la revista Nature. Coach Integral Escuela Hacer Historia - UMSA.
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Banking records reveal characteristics of financial abuse
https://www.nature.com/articles/s41586-026-11049-7
Ley de protección integral a las mujeres - Ley 26.485
https://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/150000-154999/152155/norma.htm
Encuesta de prevalencia de violencia contra las mujeres
https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/2022/08/encuesta_de_prevalencia_violencia.pdf?utm_source=chatgpt.com

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